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Cine Porno, un pretexto perfecto…

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Foto: Joel Merino / Lado B
Foto: Joel Merino / Lado B

 Los diez mandamientos, El exorcista, La sombra del amor,  La guerra de las galaxias, etc. Fueron algunos de los títulos que deslumbraron en las marquesinas del Cine Colonial en las décadas de los setenta y ochenta, hoy un cine porno. Te invitamos a leer este texto acerca de la experiencia de un novato entrando al Cine Colonial de Puebla. 

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Boleto del Colonial: $24

Es de lo mejorcito que hay aquí en Puebla”, comentaba aquella tarde ventosa Mauro en la “Sala 1” del derruido, lúgubre y oscuro cine Colonial; las personas constantemente salían y entraban de la sala, gente sentada en las butacas y otras más de pie recargadas en la pared.

Lo ven a uno entrar y luego luego ya quieren meter mano, ¿o no mi chavo?” , decía mientras dos hombres salían de la sala tomados de la mano, al frente una película en dónde el idioma, la fotografía, director, propuesta y argumento era lo de menos, ante la calurosa sala llena de espectadores mayores de 40 años.

Aquella tarde llovía, el viento movía los árboles del Paseo Bravo, las antenas danzaban de un lado a otro sin cesar, un tono grisáceo y truenos anunciaban que probablemente llovería durante toda la tarde-noche, las personas corrían a sus casas, había futbol en la noche, y una cartelera morbosa cubierta con rejas era mi destino, no había mucho por dónde escoger, era sencillo, pagas, entras, ves, y sales. Se lee y suena tan fácil.

Entrar, entrar es lo difícil, si eres nuevo es toda una odisea, ¿a quién carajos se le ocurre situar una parada de autobuses frente a un cine porno?, deleite para los curiosos que se entretienen con la cartelera mientras su ruta diaria pasa para tragarlos y vomitarlos en sus casas.

Si eres nuevo titubeas, llegas a la parada, esperas a que disminuyan las personas en ella, caminas alrededor de la entrada viendo de reojo la cartelera y eliges ya una película para no esperar mucho tiempo en la entrada, a la vista de las personas que transitan la banqueta, volteas a ver que ninguna señora con cara de fundadora del club de la decencia te esté viendo, y es ahí cuando la habilidad para dar un paso-salto de costado es usada, una vez adentro, la taquilla es lo de menos,  como buen novato pides una entrada para la función elegida, la risa del encargado de la taquilla no se hace esperar, a fin de cuentas y aunque parezca mentira, “no sabes a lo que vas”.

Los expertos y clientes asiduos dan menos rodeos, caminan por la banqueta, doblan en la entrada, saludan, pagan su cuota de 24 pesos, y avanzan, muestran el boleto, y una vez dentro se desplazan como en casa, entrando y saliendo, se acoplan de una manera perfecta con las instalaciones, coordinan el tiempo perfectamente para ver una y otra película a la vez en distintas salas y no perder detalle alguno.

Las personas se sientan de distintas formas, hay quienes cruzan las piernas mirando fijamente el filme, hay otros que simplemente se relajan, echan la nuca hacia atrás, los pies los extienden y así pueden soportar el tiempo que sea necesario, otros se sientan al frente, apoyando la quijada en las palmas de sus manos que a su vez se apoyan en las rodillas, son las tres formas más comunes de apreciar una película sentado en el Cine Colonial.

Un día normal en el punto negro de la ciudad, en una de las partes que la gran mayoría de los ciudadanos prefiere ignorar, una mancha mas del tigre que al parecer nadie nota, es el lado B del casete de la ciudad, sería imposible imaginársela sin la oveja negra, tan enraizada como el zócalo, la catedral, el estadio, los señores de la música de cilindro y el “ora ya” que sirve de exclamación.

“No está mal asistir al Colonial, incluso con el tiempo hasta le tienes cariño, mira te la pondré así mijo, es como el Ángel Custodio, ese amarillo torcido que nos pusieron frente a Analco, los dos están feos y no los quieren, pero la diferencia es que el cine sí nos sirve, y de alguna manera si lo pedimos, o ¿tú cómo la ves desde “aí” chamaco?, nomás no vayas a poner mi nombre en tu reportaje ese porque si se entera mi señora no sabes la que se me arma.”

Dentro de la estructura del Cine Colonial podemos darnos cuenta de muchas cosas, entre tantos olores que arraiga, se encuentra el olor a historia, a decadencia de un cine clásico, y la manera de mantenerse en pie, y es verdad, ¿cómo competirle a los gigantes monstruos del entretenimiento como Cinépolis, Lumiere, y Cinemex?, ¿Qué hacer si los cines nacionales fueron vendidos hace algunos sexenios tricolores y la mayoría son tiendas de cómodas mensualidades, intereses y abonos chiquitos?

Una sala enorme con fuertes pilares que detienen un palco, todo con estilos y detalles de principios de siglo XX, una sala cortada de tajo y dividida con tabla roca para poder hacer de ella múltiples salas y tener más que exhibir, en total son 6 salas, butacas viejas de plástico reclinables gracias a la falta de tornillos en su respaldo.

Guardias del lugar que entran y salen constantemente vigilando a los espectadores, “por favor, los de la esquina pasen a sentarse o al baño”, dijo un hombre vestido de negro y del cual colgaban dos cadenas de oro que brillaban casi iluminando la sala, mas guardias entran, salen y miran fijamente a los clientes, “entran a checar que todos tengan la mano en su lugar, ¿si me entiendes no?”, comentaba un hombre sentado cuatro butacas a la izquierda, que posteriormente se levantó para cambiarse de sala.

No es necesario mostrar la credencial de elector para verificar la mayoría de edad, las personas pueden entrar sin ninguna restricción hasta las 8 de la noche, es a esa hora cuando dos de las tres cortinas metálicas del lugar se cierran, solo quedando la principal a 2 metros del piso.

Comienzan a retirar a algunas personas del lugar, no pasan ni 5 minutos cuando se estacionan algunos coches, un hombre se baja primero, habla con uno de los guardias, y 2 minutos después una mujer se baja rápidamente y corre hacia el cine, el guardia los lleva hasta las escaleras, así sucesivamente coches se estacionan y parejas (hombre y mujer) llegan, pagan y entran.

Hasta aquí, todo parece de lo más normal para tratarse de un cine el cual como función principal tiene títulos como “Gozo en el pozo”, pero dentro del cine existe un lenguaje, un sistema de signos y códigos para poderse identificar unos con otros, en el día únicamente hay hombres dentro del cine, hasta la noche comienzan a llegar las parejas, pero solo hasta entonces.

Durante la tarde, hay dos formas de ver las películas, la primera es sentado en una butaca, y la segunda es de pie al fondo de la sala, recargado en la pared ¿Cuál es la diferencia en todo esto?, es sencillo y difícil de entender si eres nuevo, si se está de pie recargado en la pared significa que estas buscando pareja y que estas disponible, y si estas en una butaca indica que únicamente quieres ver una película o ya encontraste pareja, todos hombres, hasta entonces no entran mujeres al cine.

Hombres mayores de 40 años, en su mayoría; una vez recargado en la pared es cuestión de minutos para que algún “señor” se acerque a hacer plática para posteriormente extender la invitación a tomar asiento, a alguna zona obscura del cine o en su defecto al baño, eso si se llega a correr con suerte, si no, la situación se torna más densa, se pueden sentir las miradas fijas, muchas a la vez, si logras contestar con la mirada puedes afirmar la atracción, si aun así no se voltea, es cuestión de segundos, para que alguna persona se acerque con la firme intención de tocarte o meter la mano dentro del pantalón.

Foto: Joel Merino / Lado B
Foto: Joel Merino / Lado B

El Cine Colonial es como una moneda, tiene dos caras, ninguna suele ser del todo amable, se piensa que es simplemente un punto de reunión de un grupo de personas que quieren entretenerse un rato con una película de bajo presupuesto y con poco vestuario, pero una vez adentro se puede notar que no es así, es el pretexto perfecto para tener una especie de prostíbulo de hombres, o la forma de escapar de cientos de personas que llevan una falsa vida masculina y durante más de 40 años no supieron cómo salir de ella, y el Colonial les da la excusa perfecta.

Es también una forma de experimentar cosas nuevas para todas las personas que están hartas de lo cotidiano, de lo de siempre, probablemente la parada obligada de personas que le entregaron su vida al sexo y buscan experimentar nuevas emociones con gente de su mismo sexo.

“Quiero algo nuevo, no los mismos que siempre están aquí, ya casi a todos los conozco, pero a ti no te he visto, se ve que eres nuevo verdad, ¿Cómo dices que te llamas?, ¿te parece si nos sentamos y platicamos mejor?, bueno, si no quieres pues no, pero aquí todos venimos a lo mismo”

Dentro del Cine Colonial los trabajadores tienen estrictamente prohibido dar declaración alguna sobre el funcionamiento del lugar, nadie sabe nada. “no pues los dueños viven en la ciudad de México, y dudo mucho que te quieran dar una entrevista, nosotros tenemos prohibido todo eso, ¿estás grabándome?, apaga eso y lárgate”.

El segundo piso alberga la sala de parejas, esta es una leyenda urbana, todos hablan de ella pero son pocos los que pueden decir algo al respecto, y es cierto, es hasta las 8 de la noche cuando comienzan a hacerse las reservaciones, se ubica al fondo de la última sala del segundo piso, es el único cuarto que tiene puerta y en el día no hay acceso a ella, la obscuridad que arraiga al lugar facilita escurrirse hasta esa puerta, pero no se puede abrir.

“Es un cuarto grande, no hay ni camas, solo planchas de cemento, te dividen solo cortinas, pero para poder entrar se necesita pedir permiso, no importa con quien vengas, te sale más barato que un motel, pero ahí ya no pagas 24 pesos del boleto, ya hay otra tarifa, pero va variando”, afirmó un hombre que hizo énfasis en no ser fotografiado ni citar el nombre.

El Cine Colonial, un lugar que guarda historia, un cine que fue familiar por excelencia, la elección de los niños que asistieron a ver alguna vez “Bambi” y que se vio forzado a cerrar y renacer como ave fénix, pero no de la mejor forma, aun así siendo parte esencial de la ciudad, los niños que asistieron años atrás hoy regresan puntualmente, todas las tardes y noches para envolverse en el juego, en la nostalgia de lo que fue, pero que al poco tiempo se olvida de la mano de alguien mas, para perderse en la oscuridad, en las tenues luces moradas que adornan los pasillos, en las cortinas rasgadas y sucias, deshilachadas y en el secreto que esconde un edificio viejo, donde al salir vuelves a ser parte de un hormiguero enorme lleno de prohibiciones.

“Recuerdo que vine de morrito a ver Bambi con mi familia, yo creo que por eso vengo seguido”

decía un tipo que fumaba un cigarrillo mientras caminaba hacia la salida mientras soltaba carcajadas rasposas y con nostalgia.

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