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Daniel Johnston, entre la ingenuidad y la genialidad…

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Un mundo sometido por monstruos y Satán; un mundo donde el amor es lejano e inalcanzable; un mundo donde debes de luchar para que los demonios no te corrompan; un mundo en el cuál Casper el fantasma amistoso y el Capitán América te ayudan a combatir el mal; un mundo donde la mejor bebida es la Mountain Dew… Ese es el mundo que aprecia el artista Daniel Johnston.

La verdad no es un mundo tan alejado de la realidad, a pesar de que la apreciación de Johnston está terriblemente modificada gracias a su esquizofrenia, su trastorno bipolar y a los medicamentos antidepresivos que toma.

Johnston desde que era niño y vivía en Virginia Occidental, EE.UU. (y desde antes de presentar algún tipo de trastorno) quería plasmar y mostrarle al mundo su forma de ver la vida. Para ello pretendía ser artista.

Se encerraba en su sótano para grabar las canciones desafinadas que componía en un órgano viejo, dibujaba ojos arrancados de seres extraños, filmaba parodias de su madre reprendiéndolo, leía comics, escuchaba a The Beatles. Simplemente se expresaba de acuerdo a lo que su ser anhelaba. Imaginaba con lograr ser, algún día, un ícono reconocido que fuera respetado y admirado por las obras extrañas que componía y dibujaba, por lo que su alma creaba.

Lamentablemente para él, sus padres eran clichés de la sociedad estadounidense. Su madre era ama de casa; su padre, veterano de guerra; y ambos conservadores cristianos. Siendo así, los valores morales inculcados en su familia, iban en contra de lo que Daniel buscaba, haciendo que lo tacharan de perezoso y holgazán, reprimiéndolo constantemente. Lo que Daniel nunca atisbó, es que el fanatismo religioso que no comprendía, sería ingrediente esencial para alcanzar la fama y el culto.

Durante su adolescencia, se enamoró de una chica: Laurie Allen, amor que nunca le fue correspondido y que funcionó como fuente de inspiración interminable durante toda su vida, sin que ella lo supiera.

Cuando tenía veintidós años empezó a mostrar los primeros síntomas de su enfermedad mental. Poco a poco, sus alucinaciones fueron progresando. Empezó a vislumbrar  un mundo apocalíptico dominado por el diablo a través de diferentes medios, como por ejemplo la música de Metallica o la disquera Elektra Records.

Llegó a tener verdaderos ataques maniacos que le llevaron al hospital psiquiátrico en diferentes ocasiones, por ejemplo, cuando comenzó a luchar con su padre por el control de la avioneta en la que viajaban, quitando las llaves de encendido y arrojándolas fuera del aeroplano. Ambos salieron ilesos del accidente. La evolución de la locura de Johnston se hace muy notoria en la música que ha compuesto a lo largo de su carrera.

Algunos explican que escuchar las cintas caseras de Daniel Johnston es como escuchar las primeras grabaciones de Bob Dylan: una mezcla entre ingenuidad y genialidad. Pero el trasfondo de lo que hace Johnston es más profundo. Oír los sonidos generados por una mente tan trastornada como la de Johnston te transporta a lugares más tétricos y densos de lo que se puede suponer con la primera escucha. Y ahí radica el valor del arte que Daniel hace.

Musicalmente, Johnston explora con poca técnica la música folk sureña, pero la impresión que deja con sus letras estremece hasta el punto de hacernos comprender el agobio mundano que experimenta y cómo a través de la música redime los pecados que han hecho a la humanidad aproximarse a la muerte eterna.

No es gratuito que su música haya sido aclamada por David Bowie, Yo La Tengo, Sonic Youth, Eddie Vedder, Beck,Spiritualized, The Flaming Lips, Bright Eyes y Matt Groening. Además de que Kurt Cobain haya considerado el áblum Yip/Jump Music de Daniel, como uno de sus discos favoritos de toda la vida.

 

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